México D.F., 7 de julio de 2008
Sr. Lázaro Ríos
Director General Editorial
Periódico Reforma
Presente
Señor Director:
El profesor Jaime Sánchez Susarrey desparrama descalificaciones en su artículo
del 5 de julio en Reforma dedicado a polemizar con el texto que a mi vez publiqué
el día 3, como todos los jueves, en La Crónica. En su enjundioso artículo me llama
totalitario, censor, delirante, severo y obtuso, entre otras cosas.
En mi artículo en La Crónica sostengo que no es verdad que la prohibición a que
particulares o partidos compren espacios para propaganda en televisión y radio
limite la deliberación democrática, como dicen los promotores de la demanda de amparo
que Sánchez y otros 14 ciudadanos presentaron en diciembre contra uno de los aspectos
de la reforma constitucional en materia electoral.
Esa taxativa ya existía en la legislación electoral pero no había sanciones para ella.
Ahora Sánchez dice que con tal medida “la partidocracia confisca el debate político
intelectual en tiempos electorales y deja a los ciudadanos en calidad de sujetos
pasivos y mudos”. Pero ese debate, sobre todo cuando es de índole intelectual,
jamás se realiza en spots como los que ahora no podrán ser pagados en medios electrónicos.
Sánchez confunde el debate de ideas con el marketing: le parece que en 20 segundos se
puede expresar una formulación argumentada y lógica y ofrece varios lemas que cabrían
en menos de ese espacio. Esos ejemplos permiten comprobar la enorme distancia que hay
entre la deliberación y la propaganda. Cuando afirma “las FARC son una organización
terrorista vinculada al narcotráfico”, “Octavio Paz tenía razón: el socialismo real
fue una experiencia monstruosa” o “la estatización de la banca en 1982 fue una
estupidez”, cita lugares comunes que solamente tienen sentido político y autoridad
intelectual si son respaldados por hechos y razonamientos.
Hoy es posible condenar la complicidad de las FARC con otros grupos delincuenciales
porque hay evidencias de ello. Paz fue pionero en la denuncia a las burocracias
comunistas gracias a la información que supo comprender y compartir acerca de
crímenes y abusos en Europa del Este. Y sobre la nacionalización bancaria, a la que
es preciso entender en la circunstancia mexicana de hace 26 años, Sánchez repite
una consigna manida pero discutible.
Si el debate público y la tarea de analistas como el propio Sánchez se limitaran
a concebir y recitar frases contundentes, que para tener efecto tuvieran que transmitirse
en anuncios de radio y televisión, quizá mi encrespado interlocutor tendría razón.
Pero hasta donde tengo entendido él mismo, igual que otros colegas que analizan asuntos públicos,
no se dedica a la propaganda sino a la reflexión. O eso esperan sus lectores y,
supongo, el diario para el cual escribe.
La reforma constitucional del año pasado tiene numerosas aristas. Es imposible aplaudirla
o descalificarla toda. Yo mismo he señalado sus contraluces. En el artículo que desató
la cólera de Sánchez hasta enceguecerlo, recordé que así como la prohibición a la compra
de propaganda me parece pertinente, hay aspectos de esa reforma que suscitan excesos
y confusiones. De manera expresa me referí a la proscripción, en la propaganda
de los partidos, de expresiones que “denigren a las instituciones y a los propios
partidos”. Esa prohibición me parece innecesaria y riesgosa. En la discusión política
es inevitable que haya discrepancias y cuestionamientos. Por eso considero que tratar
de impedir “denigraciones” traerá más problemas que los que pretende evitar.
Por eso escribí: “Otro tema que Los 15 no impugnaron en su demanda de amparo
aunque varios de ellos lo han mencionado como si formase parte de ella, es la
proscripción, consecuencia de la misma reforma, a las expresiones que en la propaganda
de los partidos…” etcétera. Sin embargo Sánchez, pródigo desautorizador pero pésimo
lector, me reprocha no haber percibido “ninguno de esos peligros” y asegura que con
un ordenamiento así Hitler habría tenido completa impunidad en Alemania. Allá él con
sus forzadas comparaciones. Pero ofuscado en ese tono tremendista, me recrimina
no tomar en cuenta el asunto de la propaganda denigratoria cuando fueron él y
sus compañeros de amparo quienes lo ignoraron en su demanda.
También he considerado que los promotores del amparo han soslayado las consecuencias
políticas de esa acción judicial, entre ellas el interesado respaldo encontraron en
las televisoras. Desaforado porque señalé esas implicaciones, Sánchez tilda mi
argumentación de “estalinista” y rememora las burdas acusaciones que algunos
despistados le hacían a Octavio Paz al decir que estaba al servicio del imperialismo.
Ahora resulta que advertir las implicaciones de una acción pública, de carácter político,
significa incurrir en prácticas estalinistas. Me inquietan la pobre concepción que
Sánchez tiene del análisis político y, también, esa paranoia entreverada con cierto
delirio de grandeza. En una de las glosas que hace de mi texto, se refiere a él y sus
compañeros de demanda como “los 15 notables”. Pero ese es un término que no utilicé,
porque estoy convencido de que entre esos ciudadanos hay escritores y pensadores
en efecto muy destacados. Y otros, pues no.
Sánchez, desde luego, no es Octavio Paz. Y nadie ha quemado su efigie (sería inaceptable,
pero además resulta improbable) ante embajada alguna. Quien se chamusca solito es él,
atareado en adjudicar dicterios. Es incontrovertible que las televisoras aprovecharon
la demanda de Los 15 para respaldar sus propias quejas contra la reforma constitucional.
Por eso escribí, refiriéndome a Televisa y TV Azteca: “vale la pena preguntarse por qué
esos consorcios, que han conculcado, expropiado y acaparado como ningún otro organismo
o institución la libertad de expresión en este país, ahora respaldan a quienes están
convencidos de reivindicar esa libertad”.
En mi artículo recordé que el día anterior en Milenio Héctor Aguilar Camín,
uno de los firmantes de la demanda, “publicó un claro deslinde respecto de Televisión
Azteca en donde se ha dicho que la reforma constitucional convierte a México en una
dictadura”. Sánchez me llama totalitario por señalar alcances de la demanda de amparo
que otros promotores de ese proceso judicial también han advertido.
Además difama: “Trejo tiene convicción de que los ciudadanos deben ser tutelados por
la autoridad”. Jamás he dicho eso. Garantizar la equidad electoral no implica que la
autoridad, ni nadie, nos diga qué debemos o podemos saber, opinar o discutir. Sánchez
también falla como inopinado intérprete de mis convicciones las cuales, por lo demás,
no son nuevas y son públicas.
En la misma línea de reprobación gratuita sentencia: “No entiende ni entenderá jamás
el derecho a la libertad de expresión”. El autor de esa terminante frase es el mismo
que me tilda de censor y otras cosillas. Por fortuna mi capacidad de entendimiento y
mi compromiso con la libertad de expresión no están supeditados al reconocimiento de
Sánchez Susarrey.
Atentamente
Raúl Trejo Delarbre
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